Parte 1 / 4

 

LA MADEJA DESENVUELTA
CONVERSACIÓN CON LUIS FAYAD. Por Alejandro Lorente ©

Con Los parientes de Ester Fayad ofrecía en la década de los setenta un contrapunto al ya consumado realismo mágico latinoamericano. Obra bogotana, en ella se regocija en el acontecer cotidiano, que se nos presenta como lápida insuperable. Es escritor de tonos menores, poco dado a los sobresaltos en la acción, su voz se mueve entre pautas gregorianas. Va tejiendo sin prisa una tela traslúcida que le imbuye a uno en una suerte de cadencia cinematográfica, en el ambiente sórdido, descrito con humor e ironía, de una sociedad venida a menos, y donde ni siquiera el autor da licencia al orgullo de la pobreza. Son continuas las referencias al dinero: unos lo piden, otros no lo quieren prestar, otros intentan salir de la miseria abriendo un bar que no es sino un sueño y otros pretenden conquistar con sus negocios de telas los mismísimos Estados Unidos a pesar de constatarse después que no tienen donde caerse muertos.

La caída de los puntos cardinales, publicada en noviembre del 2000, es un chorro de vitalidad a las aguas estancadas de Los parientes de Ester. Es la historia de la inmigración libanesa, de la ocupación turca en El Líbano, de la huida en busca de un futuro americano, la misma huida que el propio Fayad emprendió hace un cuarto de siglo, cuando cruzó el océano en sentido inverso al de sus ancestros para conquistar un lugar en el mundo, un futuro, para encontrar los propios puntos cardinales.El lenguaje sale de los localismos, y regala al lector una sintaxis arábiga, que enriquece la lengua de Cervantes como ya lo hiciera Borges con el inglés u Ortega con el alemán. Luis Fayad se ha informado de los detalles de la época, la ha captado como mediante una cámara perceptora de olores, imágenes y sonidos, de esas que podrían haber traído los gitanos a un Macondo moderno, pero la cámara queda en segundo plano, no molesta el cúmulo de datos ni resulta farragoso.

El mastica el material-ambiente para que nos traslademos a la trama, para que vivamos la vitalidad y angustias de los personajes. Ya sea en la escena del arriero, donde uno se siente perdido en los entresijos del Tao o en la del buñuelesco golpe de estado, fallido porque los rebeldes no son capaces de superar la voz de la autoridad del propio presidente a derrocar.

La obra tiene una estructura cabalística, como diseñada desde el laberinto de un cuento de Borges: 3 partes de 18 capítulos cada una, todo múltiplos de 3. Todo es equilibrio, orden, simetría, como si se tratara de las decoraciones vegetales de una mezquita. Pero cuando uno se relaja en esa especie de placidez que nos regala Fayad llega una pequeña descarga eléctrica que nos asusta, nos despierta y nos hace estar ojo avizor, hasta que vuelve a despistarnos.

La primera parte es el orígen, las raíces que se desarraigan del Líbano para ser transplantadas en tierras americanas. La segunda el desarraigo y el arraigo de nuevo cuño, los hijos que nacen en el Nuevo Mundo y que, como pensaba Nietzsche, son los únicos capaces de hacer patria, pero no en el sentido del padre, del Vaterland, sino como patria de niños Kinderland, niñia. En el tramo final ya se ha asentado la dinastía, poco a poco se pierde el idioma árabe y se comienza a pensar en castellano. En la novela, al igual que en el árbol genealógico de nuestro autor, se transforma el lenguaje, vínculo del pensamiento, hasta llegar a la Colombia actual. A esta circunstancia debemos la literatura de Luis Fayad.

El pelo ondulado y fuerte y la sonrisa discreta pero serena acompañan cada ademán de este hombre salido de sus propias novelas. Dulce, suave, siempre atento y dispuesto a escuchar. El árabe aún no fluye como quisiera de su boca, pero el rictus y el entrecejo lo echan en falta y esperan pronto ver compensada tan grave ausencia. Cuando era niño le pilló in fraganti el profesor de Química leyendo a escondidas El Quijote. Fayad no olvidará nunca a aquel maestro adorable que interrumpió su clase para elogiar la obra y al pecador irredento. Ni las lecturas posteriores de Borges, que lo siguen acompañando a cada destino donde lo transporta su peregrinar. La obra del argentino lo persigue en su obsesión por la precisión en el lenguaje, las propias novelas de Fayad son la excusa fundamental para permanecer en una ciudad. Berlín amenaza convertirse en su hogar de los próximos tiempos. Los ojos varían la intensidad de su brillo según los giros que vaya dando la conversación, iluminada por la luz vespertina que atraviesa las vidrieras del Café Ma Rosa. Cont.>>.